El poeta Antonio Machado dijo una vez que “todo lo que se ignora, se desprecia”. Y esto se cumple a pies juntillas con esta realidad que lleva llamando a las puertas de los centros universitarios desde comienzos de siglo: el proceso de adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior. No se necesita ser muy avispado para intuir que la incertidumbre tiende a suplirse con respuestas rápidas, muchas veces erróneas. Aquí radican, pienso, los males que se le achacan al conocido como plan Bolonia. Existe, aludiendo a mi propia consciencia de las experiencias que me rodean, una cierta tendencia por parte de cualquier institución a ocultar y llegar tarde y mal a las cosas. Dichas tácticas generan unos mecanismos en los individuos –en este caso los universitarios- de rechazo automático y sin argumentos a cualquier propuesta que, personalmente, tomen como deliberada y, en consecuencia, perniciosa. Después, esperan que nos sorprendamos de que se produzcan malinterpretaciones en relación a la reforma de los planes de estudio en las universidades. A día de hoy, los universitarios (y todos los ciudadanos, en general) somos como un barco sin rumbo intentando sortear un mar bravío que nos conduce directamente contra las rocas.
El pasado año, el Ministerio de Educación se vio desbordado por una avalancha de voces estudiantiles que, en soflama, gritaban un “¡basta ya!” a tanta desinformación. Por enésima vez, los universitarios protestaron por sentirse ninguneados, discriminados de un proceso que afecta, sobre todo, al estudiante. Daba la sensación de que el plan Bolonia era un cambio reservado sólo a las élites universitarias que, en actitud paternalista, aconsejaban al estudiante sobre el beneficio indiscutible de adaptar nuestro sistema universitario a un marco común europeo. Visto así, desde la perspectiva del universitario (con un perfil rebelde por excelencia), el discurso olía a rancio, a autoritario. El levantamiento no se hizo esperar. Las sentadas, encerronas y manifestaciones se sucedieron en universidades de Madrid, Barcelona o Valencia, entre otras. A esta cadena de estudiantes desorientados se unieron no pocos profesores: personándose en asambleas estudiantiles, manifestaciones o, simplemente, suspendiendo sus clases.
Si hay una forma de calificar a esta reforma que se está produciendo en la dinámica de las universidades, esa sería de situación de incertidumbre. A pocos meses de la implantación del plan Bolonia –en algunos centros ya llevan varios cursos académicos adscritos a dicho plan- los estudiantes, nuevos y viejos, no saben muy bien qué les deparará el futuro académico. Pongamos un ejemplo de ello: los estudiantes de 4º curso de Periodismo de la Universidad Pontificia de Salamanca. Recientemente he tenido la oportunidad de hablar con alguno de ellos y me han expresado su confusión acerca de los derroteros por los que tendrán que adentrarse dentro de unos meses. “¿Cómo suplimos los créditos que ya no se ofertan como de libre elección?”, “¿seremos licenciados o graduados?”, “¿por qué nadie nos ha comunicado nada aún?”… Éstas son algunas de esas preguntas sin respuesta de unos alumnos que esperan, como si de una res se tratase, la embestida del plan Bolonia.