Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 dieron la vuelta al mundo. Los medios de comunicación de todos los puntos del planeta se hicieron eco de la caída de las Torres Gemelas. Muchos dicen que en ese momento la brecha entre Occidente y el mundo árabe y musulmán se hizo infranqueable: comenzaba la globalización del terror. ¿Eso es cierto? ¿El conflicto Occidente-Islam se fecha en este momento? La realidad es que en el “bando” occidental se generalizó el temor y el odio hacia el “otro”, sobre todo hacia el árabe-musulmán. Lo cierto es que -tras los conflictos de Afganistán e Iraq, la amenaza de grupos islamistas y la animadversión de muchos árabes y musulmanes hacia Occidente- la comunidad internacional se encuentra encallada, se culpa del creciente odio hacia el Islam. Y la Alianza de Civilizaciones parece ser la respuesta, el compromiso y la esperanza del mundo occidental, que no sabe bien cómo afrontar lo que está ocurriendo en torno al mundo árabe y musulmán.
En el año 2005, el Secretario General de las Naciones Unidas impulsa, con el apoyo del Presidente de Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y el Primer Ministro turco, Recep Tayyid Erdogan, un compromiso de entendimiento y hermanamiento entre las naciones y culturas del mundo. Concretamente, entre el mundo occidental y el mundo musulmán. Un esfuerzo –expresaron- para cerrar las fisuras entre las sociedades, para reducir la hostilidad entre pueblos de diferentes tradiciones culturales y religiones. El programa consensuado podría resumirse en los puntos: cooperación antiterrorista, corrección de desigualdades económicas y promoción del diálogo intercultural. Un conjunto de aspiraciones deseables (¿utópicas?, ¿volátiles?) a las que, a día de hoy, se suscriben 91 países y 17 organizaciones internacionales. Son el Grupo de Amigos. La Alianza de Civilizaciones es la “joya” de la política exterior del gobierno español desde 2004 y la carta de presentación de Rodríguez Zapatero ante la comunidad internacional. Una forma, quizá, de liderar una corriente ideológica para apaciguar los odios islamistas hacia España suscitados tras famosa foto de las Azores.
¿Cómo se ha llegado exactamente al programa de la Alianza de Civilizaciones? Lo dicho anteriormente parece un razonamiento coherente, aunque podemos retroceder a la década de los noventa del pasado siglo y tener en cuentas las tesis de Samuel P. Huntington en su artículo “Choque de Civilizaciones”, publicado en Foreign Affaires en 1993. Una de las ideas principales del texto es que las grandes divisiones en la humanidad y las principales fuentes de conflictos serán de índole cultural, a diferencia de etapas anteriores en las que el orden mundial se establecía de acuerdo a temas ideológicos y económicos. No obstante, la expresión “choque de civilizaciones” apareció unos años antes en un artículo de Bernard Lewis (profesor de la Universidad de Princeton y consejero de la administración Bush) con el título “Las raíces de la rabia musulmana”. Este artículo planteaba la oposición de las civilizaciones judeo-cristiana y musulmana. A esta idea también se suscribe Huntington cuando habla de la existencia de una “incomprensión mutua entre sociedades islámicas y occidentales”. De las tesis propuestas por Huntington podría extraerse la siguiente conclusión: “Si la violencia nace de la mutua incomprensión entre las dos civilizaciones, los gobiernos deben reaccionar, contrarrestar la influencia de quienes pretenden tener el monopolio de la verdad y fomentar los valores comunes entre distintos pueblos, culturas y civilizaciones”. Parece obvio que las Naciones Unidas junto con los países de Occidente han visto en esta idea una solución viable al problema de incomprensión entre Occidente y el mundo musulmán y, principalmente, una receta para evitar y combatir el terrorismo.
Pero, ¿cuál es la realidad objetiva en el marco de relaciones Occidente-Islam? ¿Es la Alianza una propuesta viable y fácil de acatar por ambas partes? ¿Cuáles son las propuestas que se avanzan en el programa y que contribuirán a superar los conflictos interculturales? Veamos. Como el propio Huntington y otros muchos expertos han corroborado, al derrumbe del bloque soviético le ha seguido un resurgimiento de las identidades. Más allá de los impulsos nacionalistas culturales, lo destacable está en la configuración de una sólida identidad religiosa, y el Islam es el ejemplo principal de ello. Si a esto se añaden los efectos de la globalización económica, el subdesarrollo y los recelos ante el Occidente colonizador, tal vez así pueda entenderse que los discursos sobre las identidades religiosas se apoyen en el aval de la superioridad moral para asegurar su arraigo en las sociedades en las que nacen. Hay un rechazo a todo lo “universalizado” por Occidente, tal es el caso de los propios Derechos Humanos. Dada la superioridad moral que les confiere la religión parece obvio, para los musulmanes, que la sharia es el verdadero camino para reformar una sociedad islámica y no las democracias o el Estado de derecho occidentales. Y la cerrazón va mucho más allá, al mundo de los medios de comunicación: Al-Jazeera en árabe, agencias de noticias para el mundo árabe-islámico, etc.
“Nuestras religiones han sido tomadas de rehenes”, señala André Azoulay, consejero real de Marruecos. Azoulay es uno de los principales referentes y miembro del Grupo de Alto Nivel encargado del informe de la Alianza de Civilizaciones. En calidad de árabe-judío, es uno de los expertos teóricos para el conflicto palestino-israelí, que es a su vez una de las principales preocupaciones del informe de la Alianza. Es un Maimónides del siglo XXI que, también, busca la armonía entre la fe y la razón. Con la afirmación antes mencionada, Azoulay parece aducir el uso de la religión como arma de combate por parte, no sólo de terroristas, sino de políticos islamistas o, en el caso de Israel, de los ortodoxos judíos. Si se tiene en cuenta esto, y de acuerdo al informe para la Alianza de las Civilizaciones, los conflictos de índole cultural- religiosa son salvables en el momento de que las sociedades del mundo se percaten de que existe un denominador común para toda la humanidad que pasa por el respeto y el entendimiento del “otro”. Promoviendo una educación de concienciación intercultural; animando a la participación de la juventud; atendiendo a los problemas de las migraciones e impulsando una deontología pro-culturas en los medios de comunicación, así esperan que se resuelvan las tensiones palestino-israelíes y los conflictos de Afganistán e Iraq.
El proyecto para Alianza de Civilizaciones no deja de ser, a ojos de cualquiera que tenga la oportunidad de leer el texto, un conjunto de aspiraciones occidentales. A día de hoy, los problemas que se suceden, sobre todo, en el mundo árabe-islámico y, en concreto, los relacionados con un terrorismo global islamista, parecen haber sido el catalizador de este compromiso de hermanamiento internacional. La iniciativa es ambigua desde su denominación. ¿El mundo se divide, al igual que dijese B. Lewis, en dos civilizaciones? ¿Sólo es necesaria la promoción del entendimiento entre Occidente e Islam? Por otro lado, y pese al eco que se hizo en su momento, ya poco se sabe de las acciones que se están llevando a cabo en esta dirección. Es paradójico que, buscándose el entendimiento entre sociedades y culturas, la propuesta parezca más bien una alianza intergubernamental de la que se excluyen los ciudadanos. Sólo hay que leer los periódicos para ver que, dentro de un mismo país, las tensiones entre nacionalidades son algo habitual. Lo más importante, si cabe, es la firmeza con la que se pretende combatir al extremismo islámico con una serie de recomendaciones que no especifican nada. Más bien son eso, una declaración de intenciones. Esperemos, y deseemos, que este nuevo compromiso internacional no siga el camino de los Objetivos de desarrollo del Milenio para 2015, reiteradamente aludido en el propio informe, y cuya consecución es previsiblemente imposible.